Aunque desde tiempos remotos la mujer ha sido ampliamente discriminada y poco tenida en cuenta hasta este siglo en que se ha hecho del derecho a voto y otros derechos, como por ejemplo competir con el varón por un puesto, se sigue considerando que ella es una pobre víctima de la ardua tarea que le compete. Sin embargo el escritor de Proverbios 31 no tenía el mismo concepto, pues la llama dichosa.
Creo que todo se basa en saber para qué hemos sido creadas. Ese es el quid de la cuestión. El saber fehacientemente que hay una voluntad superior a la nuestra, la de Dios, que nos ha hecho tanto más diferentes al varón para que ambos formemos una sola cosa, con diversidades pero uno. El varón con una fuerza que nosotras no poseemos, nosotras, con una sensibilidad que raramente se encuentra en el varón. Es hora de dejar la conmiseración de lado y dedicarnos a ser esa ayuda idónea que el Señor ha ideado para ser con nuestro esposo, el que Dios nos ha dado una sola cosa.
La mujer de Proverbios 31 no se sentía desolada por ser mujer, ni se quejaba porque nadie la tenía en cuanta, porque su trabajo no era considerado, o porque estaba muy mal paga, ya que nadie le brindaba ayuda; sino que realizaba su trabajo cuidadosamente, como quien realiza una obra majestuosa. Ella tenía bien claro qué se le había encomendado, ya que “ciñe con fuerza sus lomos y esfuerza sus brazos... fuerza y honor son su vestidura y sonríe ante el porvenir. Abre su boca con sabiduría, y la instrucción bondadosa está en su lengua. Vigila los caminos de su familia, y no come el pan de balde. Se levantan sus hijos y la llaman dichosa y su marido también la alaba” Hacia el final del libro hay una frase muy poética que me agrada mucho. Él ve que hay otras mujeres que son virtuosas, tal como su esposa, pero él la distingue a ella en que dice “pero tú las sobrepasas a todas”. No es que él esté compitiendo con otros compañero para ver quién tiene la esposa más idónea, sino que está enamorado de ella y puede decir con autoridad: Engañosa es la gracia y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová esa será alabada. Dadle del fruto de sus manos, y alábenla en las puertas sus hechos”.
Ahora bien, cuando vemos el modelo, más vemos lo lejos que estamos de emularlo, y aun de acercarnos a esa perfección que se espera de nosotras.
¿Cómo hemos de lograr comportar las pequeñas molestias que suframos para que el sueño de Dios se lleve a la realidad?
Una familia que le ame, una gran familia que desee hacer Su soberana voluntad. Hombres y mujeres, niños y jóvenes que le amen de todo su corazón, con todas las fuerzas, con toda la mente y con todo el entendimiento”. No un ejercito de autómatas, sino una familia de un mismo sentir e iguala parecer: el de Dios.
Hay un texto en la epístola a los hebreos que nos da la clave. “Porque por la fe alcanzaron buen testimonio los antiguos”.
El buen testimonio no es algo que se compra envasado, ni tampoco es algo difícil de conseguir. No se logra poniendo cara de santo, viviendo una doble vida una personalidad en casa y otra, muy diferente en la iglesia. El buen testimonio, el alcanzar la perfección, deseada por mí y por Dios, tiene un único secreto: la fe. Y recordemos que la fe no es otra cosa que las realidades que se esperan, la convicción de lo que no se ve. En la lista, amplia y diversa, ya que comenzando en la creación llega hasta bien entrado el período de los reyes, ay hombres y mujeres que amaron, lloraron, rieron, soñaron pero sobre todas las cosas creyeron. Creyeron en el Señor, y también estuvieron dispuestos a creerle a Él. Y no cejaron en su empeño en agradarle. No se amaron a sí mismos, ni se tuvieron en mucho, sino que se despojaron de todo pensamiento que no los llevara por el camino de la obediencia. No fue fácil, es verdad, pero en medio de la lucha, con la fe bien puesta en alto aprendieron a conocerle, y paso a paso aprendieron a menguar para que crezca Cristo. Así su vida, la de ellos, fue en sí misma un sacrificio de olor fragante. Un acto de adoración y así la casa, el ser interior, el templo del Espíritu de Dios aquí en la tierra, esa criatura que Él creó en un acto de amor supremo, se llenó del olor del perfume.
