En el capítulo 1, verso 20 de este libro apasionante, luego de haber creado todas las cosas con el poder de Su bendita Palabra, el Señor dice, en pocas términos, algo que nos sitúa a hombres y mujeres en el centro de Su creación: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza". Luego, pocos párrafos adelante leemos: "No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él". Y aquí entramos nosotras, las mujeres, en el teatro de la vida, para ocupar un lugar preponderante junto al hombre en el marco de la Humanidad.
¿Para qué nos creó Dios? Dios ve al hombre, en quien ha puesto su esperanza, por así decirlo, de tener una familia, y entiende que este hombre que acaba de crear, formándolo del polvo de la tierra con sus propias manos, no puede estar solo; necesita una compañera, alguien que le ayude a realizar la tarea de traer hijos al mundo, de formarlos en el amor de Dios y en su reverencia, de ayudarlos a crecer física, intelectual, espiritual y psíquicamente, hasta que llegue el día en que ellos mismos traerán otros hijos delante del Señor, y así la rueda de la creación girará y girará, hasta que el número esté completo y Dios pueda cumplir el sueño de una familia que lo ame de todo corazón. Esos serían los adoradores en espíritu y verdad de los que el Señor Jesús habló a la mujer samaritana. Del texto se desprende que hemos sido creadas para ser ayuda idónea de nuestros esposos, a fin de contribuir grandemente al sueño de Dios.
¿Qué papel nos compete a su lado, además de criar hijos? El de complemento del hombre, así como él es complemento de la esposa, y ambos harán una sola carne o una sola cosa. Es decir que ellos son uno.
La mujer debe ser en el matrimonio un poco ese aguatero que cuando el esposo, cansado del quehacer diario llega a su casa con sed, esté siempre lista para apagar esa sed que no es meramente llevarle un vaso con agua, sino darle de beber de lo que en soledad con Dios se nos fue revelado en ese día. El agua es símbolo del consuelo. El aguatero del pastor de ovejas no va para donde querría ni para donde cree conveniente, sino para donde va el pastor y nuestros esposos tienen TODOS ELLOS un llamado de Dios. Debemos ir en consecuencia a ese llamado, no para donde querríamos ni para donde creemos que debemos ir, sino hacia la concreción de ese llamado, es decir, el oportuno sí y amén a ese llamado. Dios puede llamarnos solas, pero Él ha querido hacerlo de a dos, pero no debemos temer por las divergencias que hay en nuestros matrimonios porque el Señor dice que cordón de tres dobleces no se rompe jamás.
1. María estuvo a los pies del Señor, sin embargo no estuvo en el monte de la transfiguración.
2. María Magdalena y las otras mujeres fueron a la tumba muy de mañana, y el Señor se les presentó antes que a los discípulos, sin embargo, el Señor no les dijo: "Apacienta mis ovejas", y aunque de alguna manera la mujer que está con su esposo en el ministerio lo hace, del esposo debe venir la orden que hará que ejecutemos la acción.
Muchas veces las mujeres queremos reinar en el hogar pero debemos recordar que el Señor dice que el pecado entró al mundo a través de Eva, y que le es bueno a la mujer criar a sus hijos y no enseñar al esposo.
En Proverbios 31 nos encontramos con una mujer un tanto especial. Ella posee tanta idoneidad para realizar la tarea que se le ha encomendado, a la que ella misma se ha comprometido cuando ante el ministro prometió en la boda servirle a él en la salud y en la enfermedad, cuando todo fuese exitoso, y también en la adversidad, no hasta que le dieran las fuerzas, ni hasta que tuviera ganas sino hasta que la muerte los separase. Decíamos que hay en ella tanta idoneidad que dice el verso 11 que "el corazón de su marido confía en ella" y no carecerá de ganancias porque le aporta ella dicha y no desventura todos los días de su vida". También indica el verso 23 que ella habla bien de su esposo es decir que lo deja bien parado, porque "su marido es conocido en las puertas, cuando se sienta con los ancianos de la tierra". Este pasaje nos muestra que ella no difamaba a su esposo, no contaba sus puntos flacos que sin duda los tenía, sino que del mismo modo que hacía cuando el amor los embriagaba en los primero tiempos y no veía sus defectos, resaltaba sus virtudes, hasta hacer que comentaran que él era un marido y padre ejemplar, un hombre de una sola pieza.
La mujer es entonces el complemento apropiado del hombre. Dios quiere que así sea, y mientras esto no es así, el Señor tiene que disciplinarnos, para que nos volvamos a Su voluntad.
Muchas mujeres dicen "yo debo tomar las riendas de mi casa porque mi marido no lo hace", pero en verdad ellas son quienes no le dan al marido la oportunidad de ser Señor de su casa. Veamos lo que le sucedió a Vasti por no estar sujeta a su esposo, y lo que Ester consiguió por ser humilde, saber bajar, obedecer a sus mayores y estar dispuesta a darse en sacrificio. Además Ester no aprovechó la oferta que le hizo Asuero: "aun la mitad del reino se te dará" A ella lo que le importaba era verdaderamente su pueblo y el hombre a quien Dios le había dado por marido.

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